Todos los días la misma rutina. Despertar por la mañana sabiendo q voy a verte. Levantarme rápido de la cama porque siento esa energía q alimenta mi corazón. La energía q le transmite mi cerebro al recordar q, un día más, nuestras miradas se van a volver a cruzar. Mi mente se transporta a la hora y el lugar. 8:30 de la mañana, en el colegio, mi mirada te busca, mi corazón te busca, hasta mi nariz busca ese olor especial, tu aroma. Mi piel imagina el roce de tu piel, y mis oídos sueñan con el susurro de tu voz.
En el camino pienso en lo q puedo hacer para hablar contigo; en si ese día estarás contento, triste, enfadado, cansado,…; en si por casualidad te habrás cortado el pelo o afeitado; hasta en el color y la forma de la camiseta q lleves… Hasta q llega el momento, y en el lugar más inoportuno, o en el momento más inesperado te veo. Nuestros caminos se cruzan y siento ese cosquilleo q llevo sintiendo tanto tiempo y del q ya me voy acostumbrando, las manos sudorosas, las mejillas sonrosadas, la sonrisa en la boca, y el brillo en los ojos.
Pero aunque siempre sea lo mismo, yo me sigo levantando cada mañana con la ilusión de volver a verte, como si sería la primera vez q te viera, y con las mismas ganas de hablar contigo, reírme contigo y pensar en ti cada segundo.
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