Cuando empieza a oscurecer vamos a casa, volvemos. Siempre intentamos abrir y antes de entrar y dar un portazo, sonreír por todo lo acontecido durante el día: buenas noticias, novedades, unas cervezas frescas con la cuadrilla, unas horas de relax rodeada de buena compañía, un paseo para recordar, un encuentro inesperado, unas declaraciones improvisadas, una despedida siempre inconclusa,...
Regresamos a casa tarareando tal vez esa canción que tenemos incrustada en nuestro cerebro y nos hace rememorar gratos recuerdos; o repitiendo alguna frase que se nos acaba de escapar ante aquel que siempre fue y será nuestro amor platónico, pero que ahora ha pasado a la lista de personas con las que poder compartir un rato agradable. Olvidando la presión y dejando que fluyan las conversaciones por derroteros insospechados.
Pues cuando menos nos lo esperamos, al cruzar la calle o al doblar la esquina, está esperándonos alguien con su mejor sonrisa, y su mirada profunda, esa en la que nos perdemos nada más dejarnos llevar por su dulzura.
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