Viviremos ya sin miedo dejándonos la piel a cada paso de nuestros pies.
Y si algún día sin querer nos volvemos a cruzar, te reservaré un pedazo de ese cuento que durante tantos años intentamos escribir; sin guión previo, sin lógica aparente. Esa historia, que dando tumbos supimos enderezar. Tú me prometiste que no iba a acabar, y de momento, lo estamos cumpliendo, a nuestra manera.
Siempre te creí aunque a veces, he de reconocer que supe que mentías deliberadamente, pero a mí me daba igual.
Ahora no ha cambiado nada. Es el hecho de sentirme viva cada vez que veo tu sonrisa reflejada en la mía lo que me hace continuar. Menuda sensación la de estar flotando entre tus movidas y desengaños. Saber que eres la balsa, que aunque no tenga timón se puede navegar en el mar infinito.
Y los encuentros fortuitos son los que mejor nos sientan. Ponernos al día, resumir nuestras vidas, y centrarnos en los detalles más tontos. Recordar nuestras manías, todo lo que compartimos, los halagos, también los gritos. Mis desvelos, las canciones que hablaban de ti, los consejos de hombre a niña, tus cafés y mis galletas. La sombra que iba aumentando según se movía el sol, el viento ondeando sobre nuestra cabeza, y yo que nunca sabía de dónde venía. Siempre fui un poco veleta.
Ahora la cerveza sigue fría entre tus manos. Tus ojos brillan, mirando hacia el cielo, contemplando las extrellas. Y sientes que la vida te sonríe. Eres dichoso, y yo, me alegro por ello.
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