Le pesan las promesas vacías, sus hombros ya no resisten ni una más. Tener que tomar decisiones le hace parar demasiado tiempo: coger carrerilla, tomar aire, saltar el muro y limpiarse el barro de los zapatos. Le resulta demasiado engorroso, complicado, como una broma de mal gusto. Hace tiempo que ya no usa tacones, su inseguridad le hace pensar que el siguiente será un paso en falso. Se refugia tras esa sonrisa forzada, maquillada con ese pintalabios rojo carmín que tanto resalta. El brillo de sus ojos no es más que todas esas lágrimas que retiene a duras penas en su interior. Porque ya se ha autoconvencido de que llorar no es la solución. Lo único que puede hacer es seguir adelante, retomar el paso, seguir la marcha y no quedarse atrás, pensar que algún día despertará de su letargo. Tal vez, sólo le falte ese empujoncito, y decir: ¿Y por qué no empezar hoy?
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